Dialogamos con los especialistas Juan Rosso y Rodolfo Cabrera.
La industria argentina de biodiésel enfrenta un escenario crítico frente a las nuevas restricciones del mercado europeo y un contexto internacional cada vez más proteccionista. Para Juan J. Rosso, miembro de la Comisión Directiva de ASAGA y Biodiesel Chief & Head of Plant Projects de COFCO International, la situación actual puede resumirse en una frase contundente: “Este escenario yo lo titularía ‘Crónica de una muerte anunciada’. Lamentablemente la industria de biodiésel argentina, principalmente las plantas agroexportadoras que solo pueden vender al mercado externo, viene desde hace muchos años al borde del abismo y este podría ser el golpe final”.
Rosso recuerda que estas plantas fueron concebidas aproximadamente en 2010 bajo un modelo agroexportador con foco en la exportación hacia mercados como Estados Unidos, Europa y Perú, dimensionando sus capacidades para abastecer esa demanda. Sin embargo, cuando se estableció la ley de biocombustibles en Argentina, se definió que el corte interno solo podía ser abastecido por PyMES, mientras que las agroexportadoras debían vender exclusivamente al mercado externo, política que continúa vigente. “Mientras tanto, los mercados externos fueron sufriendo cambios, cerrándose poco a poco las puertas: primero Estados Unidos, luego Perú y Europa progresivamente”, señala.
En su análisis, este contexto responde a la evolución del escenario global: “Todos queremos ser sustentables, pero sin gastar plata extra. Cada región tiene como objetivo desarrollar alternativas sustentables priorizando sus propios recursos y sus matrices energéticas”. Según explica, los grandes productores de aceites para biocombustibles fueron adecuando sus legislaciones internas para integrar el biocombustible a sus matrices energéticas, destinando la producción al consumo interno.
En ese marco, Rosso plantea que la única alternativa para revertir la situación es que Argentina adopte políticas similares, aumentando el corte de mezcla de biocombustibles a valores en torno al 15% y permitiendo que las agroexportadoras puedan vender al mercado interno. “Este modelo, además de reactivar las instalaciones existentes, también dinamizaría nuevas inversiones en nuestros complejos que hace aproximadamente 10 años están estancados, ya que el nuevo motor de desarrollo mundial de los complejos aceiteros son los biocombustibles y no el aceite ni la harina como era anteriormente”.
En términos de impacto concreto, advierte que, en el caso de COFCO, la medida dejaría inactiva una infraestructura de aproximadamente 50 millones de dólares, situación que puede extrapolarse a otras ocho plantas similares en la región. En cuanto a la viabilidad, sostiene que “tarde o temprano este tipo de medidas proteccionistas se van a imponer, dejando como única alternativa el aumento del corte interno o el cese de las actividades”. Como mirada estratégica, considera que esta encrucijada provoca que el rubro aceitero se encuentre estancado en nuevas inversiones, ya que hoy el desarrollo de la molienda está traccionado por los biocombustibles.
Rodolfo Cabrera, encargado de Productos, Calidad y Desarrollo de UNITEC BIO, describe un escenario complejo para las exportaciones a la Unión Europea. Según Cabrera, existe una «doble presión»: por un lado, los impuestos y aranceles a la exportación; por el otro, los subsidios que los países europeos otorgan a sus propios productores. Los aranceles de la UE oscilan entre el 25% y el 33%, sostenidos por un fuerte lobby del European Biodiesel Board.
A partir de enero de 2026, con la implementación de la directiva RED III, el biodiésel de soja enfrenta lo que Cabrera define como una «sentencia de muerte fiscal». La Comisión Europea ha clasificado al aceite de soja como de «Alto ILUC» (Cambio Indirecto del Uso de la Tierra), lo que excluye gradualmente al producto argentino de los objetivos de energía renovable de la UE. «Aunque no es un impuesto directo, obliga a vender con descuentos agresivos para captar compradores que no dependen de créditos regulatorios, o bien nos desplaza del mercado premium», señala Cabrera.
También destaca los incentivos millonarios con los que la EU ayuda a sus productores para lograr la transición a biocombustibles avanzados, mecanismos como el «doble conteo» y las leyes en que se incentivan a las empresas de transporte que compren biocombustibles de producción local (made in Europe) con créditos fiscales.
Para sobrevivir en este mercado, el biodiésel argentino necesitará la certificación de bajo riesgo de ILUC, un proceso costoso y lento. Ante este panorama, la visión de Cabrera es contundente: el volumen exportado a Europa caerá abruptamente. La estrategia, entonces, debe virar hacia el mercado interno: «Es fundamental establecer mecanismos para que el corte real coincida con el teórico, aumentarlo progresivamente e investigar en el desarrollo de nuevos biocombustibles».
Las posiciones expuestas reflejan una preocupación compartida por el presente y el futuro del sector, en un contexto en el que las definiciones de política energética y comercial resultarán determinantes para la continuidad de la actividad.

