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En las últimas semanas hubo varios anuncios para la ampliación de puertos y la capacidad de almacenaje en el principal sector exportador del país. Pero los analistas no esperan una la de inversiones como la de hace diez años.

Por Matías Longoni

La industria aceitera explica un 25% de las exportaciones totales del país y lo que suceda con ella tiene impacto sobre toda la economía. En las últimas semanas se han sucedido anuncios de nuevas inversiones en el sector, pero son hechos aislados que -a juicio de los expertos- no conforman una nueva ola de inversiones multimillonarias, como la que ya protagonizó en sector hace una década.

Hacia fines de abril, el gobierno anunció con bombos y platillos que la empresa Molinos Río de la Plata iba a invertir alrededor de 1.000 millones de pesos para la ampliación de su planta de almacenamiento ubicada en San Lorenzo, unos kilómetros al norte de Rosario.

Luego se supo que el grupo Amaggi, perteneciente al ministro de Agricultura de Brasil, Blairo Maggi, invertiría 100 millones de dólares en la construcción de su propia terminal portuaria en esa misma región, ya que en 2015 esa firma exportó 1,5 millones de toneladas de granos desde instalaciones alquiladas.

Finalmente, este martes el sitio rosarino PuntoBiz anticipó que otra de las grandes jugadoras, la aceitera Renova (cuyos accionistas son el grupo estadounidense Glencore y la argentina Vicentín), decidió activar una inversión de 150 millones de dólares para levantar un nuevo puerto y una planta de almacenaje en su complejo de Timbúes. El proyecto incluirá un espacio para el amarre de barcazas con el que buscan sumarse al negocio de procesar granos importados de Paraguay.

En base a estas informaciones, Clarín preguntó a un referente de la industria si estábamos frente a una posible nueva ola de inversiones en el sector, como las que sucedieron primero en la década de los noventa y luego en los primeros años de los 2000. El ejecutivo se mostró muy cauto frente a esa posibilidad. Y aclaró que, a diferencia de aquellos momentos, las actuales inversiones se dirigen a solucionar problemas de logística (puertos y silos) y no a incrementar la capacidad de molienda del complejo aceitero.

En ese sentido, el industrial señaló que las inversiones de la década pasada permitieron elevar la capacidad instalada del sector hasta entre 62 y 65 millones de toneladas anuales, un volumen potencial que todavía se encuentra muy por encima de la oferta local de soja y girasol, que ronda las 58 millones de toneladas y que se reduce todavía más debido a las exportaciones de granos de soja sin procesar, especialmente hacia China.

El especialista, en este contexto, considera que la producción local de oleaginosas debería crecer bastante más para justificar nuevas ampliaciones de las plantas de molienda. De dicha capacidad, hay entre 7 y 8 millones de toneladas que corresponden a tecnologías viejas de "crushing", que deberían ser renovadas. Pero tampoco aquí se ven planes en lo inmediato.

"De todos modos, estimo que podría haber algunas nuevas inversiones, pero solo si antes el gobierno devolviera el monto de IVA que retiene del sector", dijo la fuente. Ese pasivo llegaría a la friolera de 1.600 millones de pesos. 

Fuente: ieco.clarin.com, 22/06/16

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  • Las razones por las que China importa cada vez más soja

    En la tendencia influye la migración masiva del campo a las ciudades y el mayor consumo de carne, que incrementa la demanda de granos forrajeros.

    El consumo de soja de China aumentó 160% entre 2000 y 2011 cuando fueron removidas las barreras a las importaciones al incorporarse a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001.

    Al mismo tiempo, el área sembrada de soja se redujo más de 20% en ese periodo; y esto sucedió por dos razones fundamentales: en primer lugar, la soja importada ofreció un menor precio, con una diferencia de entre 45 y 90 dólares por tonelada; y luego, el hecho de que las empresas productoras de aceite y harina de soja reclamaron porotos de mayor calidad, y esos son los importados, no los surgidos de la producción doméstica.

    Las importaciones de soja en China se han acelerado en los últimos cinco años, y en el periodo fiscal 2016/2017 alcanzaron a 86 millones de toneladas. Mientras tanto, en la etapa 2015/2016 las compras en el exterior llegaron a 82,5 millones de toneladas.

    El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) estima que China importará 122 millones de toneladas de soja en 2021/2022 con una tendencia que se intensifica a partir de entonces y alcanzaría a 200 millones de toneladas en 2025.

    Esta tendencia ascendente coincide con la de signo contrario de reducción del área sembrada de soja, que disminuiría más de 40% en los próximos 10 años.

    El primer y decisivo dato sobre la producción agroalimentaria de la República Popular al concluir la segunda década del siglo es que casi 300 millones de campesinos pasarían del campo a las ciudades en 2030; y el segundo, estructuralmente todavía más importante, es que más de 40% de la producción agroalimentaria ya es realizada por las grandes corporaciones agroalimentarias en este momento, cuya actividad se orienta exclusivamente hacia los sectores más redituables, como la carne de cerdo, los lácteos, y crecientemente la producción de carne vacuna.

    Estas grandes corporaciones se constituyen a través de la compra en gran escala de los derechos de uso sobre la tierra de los campesinos, cuya vigencia es de más de 30 años, y que se han monetizado completamente, lo que implica recursos adicionales para los productores que pasan del campo a las ciudades.

    El objetivo del gobierno es movilizar la riqueza agraria de la República Popular, cuyo valor se estima en 20,6 billones de dólares –el doble del PBI-, y que hoy está virtualmente paralizada.

    Lo que sucede en China en materia agroalimentaria es que se está unificando el mercado de tierras rural y urbano, otorgando similares derechos e iguales sistemas de precios tanto a los pobladores urbanos como a los rurales; y esto ocurre cuando la población campesina se reduce en casi 300 millones de personas en los próximos 12 años.

    La tendencia demográfica central de la República Popular es la siguiente: la población urbana es 56% del total, y sería 60% en 2020, 65% en 2025 y 72% en 2030.

    China tiene hoy 102 ciudades de más de 1 millón de habitantes, y otras 63 urbes con 5 millones de habitantes o más; y este universo urbano aumentaría más de 40% en 2030, ante todo en las provincias del interior, sobre todo las situadas en el centro y el oeste.

    Fuente: Clarín

  • La revolución electrónica de la maquinaria agrícola

    Se recogerán datos en tiempo real, la máquina tendrá “bibliotecas” y se ejecutarán decisiones y ajustes en el momento.

    INTA Manfredi

    Especial para Clarín Rural

    La maquinaria agrícola del 2030 es difícil de predecirla. Sin embargo, sí se puede anticipar que la “revolución” estará en la electrónica, software, comunicaciones y conectividad, robotización, innovadores sensores capaces de identificar todo tipo de variables productivas.

    Los sensores serán la herramienta del futuro por excelencia ya que ayudarán a recoger datos que alimentarán softwares con inteligencia. Estos estarán montados sobre la máquina, o bien operativos sobre una nube web interconectada con la herramienta. La máquina tendrá “bibliotecas” para transformarlos la información agronómica útil y elaborar un diagnóstico que modifica el comportamiento de la maquina en tiempo real. Pero esto no es todo.

    Como parte de este universo también están los actuadores, otra pieza fundamental de esta matriz tecnológica. Por ejemplo, para tomar una dimensión de lo que se viene, el sensor de Precisión Planting 2018 colocado en la cola pisa el grano de la sembradora, mide la humedad de suelo, materia orgánica y limpieza del surco y ordena al metro siguiente el cambio de densidad de siembra con la precisión uno o dos metros cuadrados de nivel de definición, lo que revoluciona el manejo de la microvariabilidad.

    Por su parte, las máquinas autopropulsadas tendrán una fuente de energía provista de un motor a combustión interna alimentado por gas-oil, biodiésel, metano o bien híbridos, no, aunque tampoco hay que descartar el uso del hidrógeno como fuente alternativa.

    Estos motores alimentarán un generador eléctrico y una bomba hidráulica. Los movimientos precisos de bajo requerimiento de potencia serán eléctricos. Los motores hidráulicos de alta demanda de potencia, no tendrán engranajes, cadenas, poleas o correas. Sólo mangueras y cables inteligentes.

    La conectividad será normalizada electrónicamente por ISO BUS, o sea ajuste del lenguaje de conectividad máquina de diferentes marcas de tractores. También en el 2018/19 serán cada día más normales los equipos con ISO BUS 3 donde los sensores de la máquina traccionada gobiernan al tractor, ordenan avanzar, parar, accionar hidráulicos, funcionar a más o menos velocidad de acuerdo a la variabilidad del lote.

    Asimismo, habrá cada día menos máquinas por hectárea y de mayor tamaño y capacidad operativa. La globalización en la producción primaria de biomasa será cada día mayor, los productores arraigados y la ruralidad se desarrollará a partir de sistemas productivos que agreguen valor en origen a esa biomasa obtenida de cada metro cuadrado del campo.

    Producir en origen seguirá un proceso de industrialización continuando con las transformaciones en proteína animal y también la bioenergía en origen y la energía renovable aportarán a los procesos integrales de alimentos de góndola, todo realizado con crecimiento ordenado en parques agroalimentarios siguiendo procesos de buenas prácticas agrícolas, ganaderas y de manufacturas. También aparecen los procesos de biorefinería, energía de diferentes formas de biomasa.

    Este tema de industrializar y transformar la biomasa en origen desconcentrado territorialmente responde a un razonamiento lógico del manejo de los efluentes pecuarios e industriales, que hoy se evalúa y controla como un costo ambiental y económico insostenible.

    La trazabilidad de productos y procesos, con códigos QR y otros métodos serán priorizados, el comprador de un alimento argentino de cualquier parte del mundo sabrá qué y cómo se le dio origen a ese alimento desde la elección genética, el lote y el manejo hasta la góndola, con un seguimiento certificado de proceso que asegure inocuidad y respeto por las normas de mercados exigentes.

    Fuente: Clarín

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